Asociación Aragonesa de Escritores

Decididamente a la difusión de la lectura y el libro.

Archivo para Mayo, 2008

Relato ganador

Publicado por Cobas en Mayo 30th 2008

Este pasado fin de semana se ha hecho entrega del premio del TERCER CONCURSO NACIONAL DE RELATOS ‘VILLA DE MOSQUERUELA’, en el que resultó ganador Alexis López Vidal con el relato titulado “La luz última del faro”, y que dice así:
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A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo,dos corazones en un mismo ataúd.
Alphonse de Lamartine

LA LUZ ÚLTIMA DEL FARO

La aldea marinera de Corme emerge asida a la dura costa gallega como el afamado percebe por el que es bien conocida – «el mejor del mundo», reza un cartel a la entrada de la villa -. Es frecuente que los días de marea baja, tentando la fortuna, en especial sus mujeres, las percebeiras, se dirijan en busca de este codiciado tesoro al Cabo do Roncudo, llamado así por el ruido que hace el mar cuando rompe en sus acantilados. (N.A.)

1Corme-Aldea, Galicia 23 de Abril de 2001
En el cielo se distinguía con la facilidad de un recortable de papel la silueta de una gaviota, a aquella hora todavía escudriñando desde las nubes rojizas en busca de una última presa que arrancar del mar removido. El viejo había extraviado la mirada en un punto lejano, más allá de la garganta hemisférica de la que surgía una lengua de plomo empecinada en lamer una y otra vez la arena de la playa. El atardecer era preso en el pardo de sus ojos de magnetita, mena herencia del hierro astur de Llumeres, de donde había emigrado en un tiempo en que el viaje de Asturias a Galicia era un trayecto sin retorno; en la depauperada maleta que arrastró consigo llevó la semilla de una vida distinta, perdida en algún bolsillo del traje manchado que es el destierro, revuelta entre el polvo de la nada, pero que arraigó frente a aquella costa y hubiera muerto de ser trasplantada.
Cerró los ojos cansados y respiró profundamente, dejando a sus pulmones pacer con libertad el aire salobre. Cuando los abrió, comprobó con amargura que sus manos trémulas aún sostenían la pequeña hornacina de metal y sintió que la presencia espinosa que padecía enroscada alrededor del corazón ahora estrechaba con virulencia su punzante abrazo. Si hubiera sabido cómo, habría llorado. Si lo hubiera intentado, si de verdad se lo hubiera propuesto, tal vez hubiera recordado el aroma sutil que desprendían sus cabellos recogidos por las manos talladas a golpe de mar y viento. Quizás. O se hubiera rendido tratando de superar el olor áspero de las cenizas, y más aún, el efluvio acre de los vómitos, y todavía más, la atmósfera sin alma de una sala de hospital cualquiera a partir de la cual se pierde para siempre el recuerdo del perfume de jazmín. ¿O eran rosas?
Le arrastró en un retorno indeseado el eco distante, grave pergeñado en los confines de la mar por la bocina de algún buque mercante; quedando atrás el desvaído escrito de la memoria, la arena de la playa, la silueta de un ave confrontada contra el orbe como una sombra chinesca se internó en las abigarradas calles de Corme sin mirar, ni una vez siquiera, atrás.

2Corme-Aldea, Galicia 7 de Septiembre de 2001
A nadie se le hubiera ocurrido reclinarse junto a la barandilla de la escalera y acercar por un instante la mirada al mapa secreto tallado sobre la desgastada superficie del pasamanos de madera. A nadie, nunca. Salvo a Claudia. A ella, sí. Sólo a ella. En modo alguno otros ojos hubieran interpretado las historias codificadas en el lenguaje arcano de las rozaduras, de las pequeñas muescas, de las heridas sobre la piel de pino infligidas a lo largo de los años por aquellas manos que se deslizaron sin carga alguna, o se apoyaron rendidas por la carga, ascendieron o descendieron, para no volver a bajar o no volver a subir. Sus labios se abrieron como un capullo pálido; componiendo con sus pétalos una media sonrisa, agridulce. Aquella novela rancia de protagonistas anónimos culminaba en el último piso del viejo caserón.
Los peldaños crujieron con cierta pereza, como un perro veterano al que se le echa del sillón del amo. Las paredes a ambos lados del pasillo rezumaban el salitre propio de la mar gallega y la humedad había tatuado los tabiques con una cartografía detallada de las mareas oceánicas. Claudia tuvo que insistir, golpeando con los nudillos y cierto reparo la puerta pintada de marrón, custodiada por una pequeña Virgen ennegrecida bajo la mirilla, hasta que alguien la abrió apenas, sin retirar la cadena de pequeños eslabones sostenida con el enloquecimiento de la soledad y el desamparo.
- ¿José Cabaneiro? – preguntó Claudia.
El viejo asintió con escasa convicción tras el resquicio que permitía vislumbrar una fracción raquítica de su mundo despoblado. Tal vez ya no se reconociera, o no quisiera hacerlo, en el rostro cuarteado a causa de una prolongada sequía de todo contacto humano.
- Buenos días, José – prosiguió Claudia, pasando las palabras de contrabando, de una en una, a través del escaso margen de la puerta entreabierta – me llamo Claudia. Vengo del Concello, a ver cómo se encuentra. ¿Me deja pasar a hablar con usted?
La puerta se cerró despacio. Desde el pasillo, el sonido de un tintineo metálico anunció que el viejo retiraba la cadena – levantando la barrera que separaba el mundo en general de su mundo en particular – hasta que finalmente la puerta se abrió, aún más despacio de lo que se había cerrado, resquebrajando de luz el pasillo mohoso con una gravedad de teatro filmado.
- Gracias – respondió Claudia. Mientras, en el exterior un coro de voces infantiles delató la salida de colegio de unos niños y no pudo reprimir verse cercada de nuevo por el recuerdo de Nausícaa.

3Carballo, Galicia 16 de Octubre de 1998
La anormalidad nos sobrecoge, es algo inherente al ser humano. Nos esforzamos en dividir la realidad en porciones asimilables, digestibles de lo cotidiano. Lo hacemos de un modo biológico, determinista, desde la luz primera que se inmiscuye en las pupilas recién formadas y aún no aptas para contemplar el mundo. Claudia sintió un desgarro en el tejido conformado por toda una trama de convencionalismos, de verdades supuestamente inmutables que se pulverizaron aplastadas por la verdad intangible - ésa que no se alcanza con los dedos, que nos es ajena pero que en verdad nos involucra a todos – cuando extrajeron del estómago del coche fúnebre el diminuto ataúd pintado de blanco y las pequeñas gotas de lluvia comenzaron a llamar con insistencia a una tapa que hacía a su vez de puerta. Entonces comprendió, con la crudeza carente de ambages del restallido de un látigo, que no había remedio, que era cierto, que Nausícaa no dormía en el interior de aquel cajón forrado de raso; un pequeño cascarón a la deriva que se hundía para siempre. Los niños mueren. También su hija.
Claudia sintió que sus rodillas se vencían, que lo hacía toda ella.

4Corme-Aldea, Galicia 8 de Septiembre de 2001
Ante sus ojos se abrían nuevamente los descabalgados escalones por los que había ascendido el día anterior. Había retornado porque se sintió culpable, porque le pareció natural, si bien no justo, ley de vida, se dijo, que un viejo acabase solo. La casa estaba razonablemente limpia y el viejo alcanzaba a manejarse. Cualquier otro hubiera acallado la culpa con el demerol de los problemas propios, con las facturas, con el café o con el tabaco, con el tráfico, con un divorcio que todavía coleaba. A nadie le hubiera parecido necesario regresar al día siguiente. A nadie, nunca. Salvo a Claudia. A ella, sí. Sólo a ella.
- Era una mujer muy guapa, José – dijo Claudia señalando la fotografía color sepia, cercada por un fino marco metálico.
- Sí que lo era. Mi Teresiña. Y muy buena. Y trabajadora como ninguna – respondió José –, percebeira en las piedras de O Canteiro, allá frente al Roncudo, toda la vida. Y ¿sabe usted una cosa? Andó a morir en el hospital, lejos del mar. Y sin haber podido descansar un día en su vida, que a un torero le dan por buena la retirada antes de tiempo y la percebeira ha de rastrillar el oleaje, que también trae pitones, y más grandes y más fríos, hasta que el hueso cruje de puro hueco. Ya lo ve. Y yo, toda la vida en la mar, dejándola sola, para acabar del mismo modo. Lástima que de tres naufragios tuve tres golpes de suerte.
Claudia apoyó una mano sobre el hombro del viejo, que había sacado un pañuelo arrugado de uno de sus bolsillos y se lo restregaba por los ojos enrojecidos.
- Ésta era mi hija – había abierto un monedero negro, de mediano tamaño, y se lo tendía a la mirada llorosa de José. Señalaba una fotografía en color de una niña que ya no crecía, una pequeña de ojos vivaces que ensanchaba su boca en una sonrisa – Nausícaa.

5Corme-Aldea, Galicia 19 de Septiembre de 2002
Claudia regresó como acostumbraba, desde que se despidiera un año atrás de José con un “puedo volver mañana” que se había convertido en un ritual diario y que expresaba mucho más que el átomo conformado por tres palabras; querían decir “volveré”, más bien, “no me deje, volveré mañana” y que al pronunciarse liberaban un torrente desmedido de ternura que lo inundaba todo, desde el primer crujido de los escalones al tintineo metálico que precedía a la apertura de una puerta.
¿Dos solitarios dejan de estar solos por el hecho de estar juntos? En todo caso, se habían servido el uno del otro para aplacar su aislamiento.
El viejo le había hablado de Teresiña, la percebeira que con su muerte había esquilmado su entraña como la costa del Cabo dejándola vacía de vida. Claudia le habló de Nausícaa, de su sombra muda en cada rincón y cuya voz no se uniría nunca a la de otros niños para filtrarse a hurtadillas por una ventana.
- José, el Concello ha organizado una exposición fotográfica en el Museo do Mar – dijo ella, observando la pequeña hornacina de metal que reposaba sobre un aparador anticuado -. La han titulado “Corme. Un siglo de Mar”. Me gustaría que me acompañara mañana a visitarla, ¿qué le parece?
Sin pretenderlo, Claudia había añadido un capítulo hermoso, íntimo, a la tosca narrativa del pasamanos de madera.

6Museo do Mar, Corme-Porto, Galicia 20 de Septiembre de 2002
De las paredes del Museo do Mar de Corme pendían como ventanas al pasado las fotografías que revelaban la existencia mistérica de sus habitantes, volcados siempre hacia el mar – hombres y mujeres; pescadores, mariscadores o marinos; remendando las redes desgarradas por la piel de lagarto que es el lecho del litoral o percebeiras rastrillando las rocas -. Imágenes que atestiguaban lo íntimamente ligada que está toda esta tierra al mar, imbricados ambos en una relación de subsistencia que en ocasiones yuxtapone su orden cuando el mar se cobra con creces el servicio que presta.
Claudia se acercó a José con la familiaridad inocente de quienes comparten tanto que al final, cuando se hace balance, se descubren siameses unidos por una misma alma. Contemplando aquellas fotografías de un sepia quemado, tamizadas por las ardientes arenas del tiempo, el viejo se sentía retrotraído a un pretérito tan encontrado con el presente que le hacía daño.
- Mire, en esa fotografía se ve a unas percebeiras – dijo Claudia señalando una pequeña instantánea en la que destacaban cuatro mujeres faenando entre el oleaje.
- Pobriñas… - repuso el viejo.
Claudia hubiera deseado que aquella visita culminara con un reencuentro propio de folletín, con un desenlace trascendente propio de literatura decimonónica en el que el viejo distinguía el rostro de su esposa emergiendo de una de aquellas imágenes y una suerte de justicia universal tributara de este modo un homenaje solemne a su memoria. Pero no fue así. Aquellas mujeres eran tan desconocidas para ellos como Teresiña lo era para el resto del mundo. Como lo era Nausícaa. ¿Cómo era posible que ese mundo no se detuviera y cejara en su empeño enfermizo por seguir girando a pesar de semejantes pérdidas?
- Ay, mi Teresiña… - suspiró el viejo – qué solo me ha dejado.
A Claudia se le encogió el ánimo, se le desecó el alma de ver a aquel viejo desvalido y a merced de un tiempo que no era el suyo. Contempló por un instante el rostro que no lo era, que era una translúcida antesala de la muerte, un hollejo, una máscara mortuoria encarnada en la faz de un anciano que llevaba abrochado el último botón de la camisa.
- No diga eso, José. No está solo. Me tiene a mí.
- He dispuesto que me quemen cuando haya muerto – comenzó a recitar José, como si fuera un texto que llevara aprendido a fuerza de rumiarlo una vida entera - como mi Teresiña… Quiero pedirle a usted que arroje nuestras cenizas al Roncudo. Yo… no tengo a nadie más a quien pedírselo, ahora que la tengo usted…
Claudia se sintió sobrecogida por la petición de José. Y le pareció que cada pausa entre palabras era una exhalación definitiva, la boqueada de un pez fuera del mar.
- ¿…me hará ese favor?
Claudia asintió, sin decir nada, contemplando en silencio la fotografía de unas mujeres cuyos rostros sin decirle nada le confiaban tanto.

7Faro do Roncudo, Corme, Galicia 13 de Noviembre de 2002
Desde las alturas, a vista de pájaro, por debajo del opaco cortinaje que eran las nubes, la costa gallega era una ferrada magullada a costa de lidiar contra el ímpetu del mar. El Faro do Roncudo, levantado en uno de los escarpados salientes que coronan el ascenso desde Corme, le aguardaba con la serenidad inquebrantable del que está acostumbrado a la muerte; para eso comparte el devenir del tiempo con dos cruces de piedra erigidas a su sombra. Claudia se arrebujó en la pelliza, reafirmó el paso entorpecido por las acometidas del viento y prosiguió caminando con un nudo en la garganta.
A su espalda la aldea se hallaba inmersa en la última postrimería del sueño cuando esparció las cenizas de José y Teresiña, que el viento dispersó en espirales con una servidumbre reverencial, como lo había hecho antaño con el polvo de una maleta emigrante de la que ella no había tenido constancia, y le pareció que contra el éter púrpura se escribía entonces el punto y final de una historia secreta prologada sobre el pasamanos de una escalera. Suspiró y se dejó poseer por un llanto pausado, de lágrimas que vinieron a besar con tiento las heridas impalpables que aún se abrían en las mejillas zaheridas y a empapar la tierra del jardín marchito que otrora regasen con pequeños ósculos los labios de su hija.
Claudia permaneció callada mientras la mañana inflamaba el cielo con los primeros rayos. A tiempo de escuchar la voz del Roncudo, que le hablaba desde los rompientes, con voz grave, rota, con palabras tan nítidas como los tafitos grabados sobre la roca; revelándole que no hay verdades absolutas, ni leyes inmutables. Que toda ausencia es sentida.
Y que por esas pérdidas, por los que ya han partido, en su memoria, no se ha de renunciar a la vida. No se debe. No se puede. Se ha de resistir. Resistir siempre. Resistir el azote del mar y del viento, como esta costa, desde el albor primero hasta la luz última.
Hasta la luz última del faro.

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“Devórame otra vez”

Publicado por Cobas en Mayo 29th 2008

ENTRE LA FÁBULA Y LA CIENCIA FICCIÓN

Reseña de Devórame otra vez, de Emilio Quintanilla.

Editorial Cultiva, 2008

José Luis Gracia Mosteo

Entre la fábula y la ciencia ficción, así contempla el lector este libro, sin saber si inclinarse hacia la perplejidad o la delicia. Porque la novela (tal vez nivola, como imprimió Unamuno) es original, muy original; un libro que fue finalista del Certamen de Ciencia Ficción Alberto Magno en el 2003 y que tiene de personajes dos protozoos. Sí, dos protozoos hemos dicho, pues el autor, audazmente, recrea una imagen de Internet en donde una ameba absorbe a un paramecio, e imagina una aventura, el viaje a ninguna parte, que es a lo desconocido y al amor, de un paramecio hijo de un cultivo de laboratorio arrojado a la basura.

Pero vayamos por partes. Entre la fábula, dijimos, pues la obra tiene de personajes dos animalitos mínimos a los que dota de pensamiento y sentimientos en una historia de amour fou donde la moraleja de la prosopopeya bien podría ser la del peligro de la descontrolada pasión que convierte en mantis a la amada; una fábula pues Emilio Quintanilla, como un Iriarte del siglo XX con ambiciones de renovador (consciente o inconsciente) de un género que hunde sus raíces en Fedro, Esopo, La Fontaine, Iriarte o Samaniego, logra conducir al asombrado lector por los senderos de la sátira y el escepticismo como otrora hicieran aquellos autores del VXIII, a la vez que le informa irónicamente de lo peligroso que resulta salirse de las casillas.

Sin embargo, Devórame otra vez (quizás el titulo sea lo único desafortunado, pues confunde al lector con el de una conocida canción sin duda prescindible) no es exactamente una fábula, aunque en algunos momentos abunde en cierto didactismo característico de aquellas en pro de la verosimilitud; y decimos que no lo es pues carece de la frialdad que tanto criticaron los estudiosos de dichas composiciones, y vibra según avanza (sobre todo al llegar al capítulo V en el que el protagonista humano Peter Addison se incorpora plenamente como personaje), lleno de aliento y vivacidad. Le lastra un poco el previsible final, ya que desde el título queda claro lo que va a ocurrir, pero el autor conduce con tal maestría la trama que resulta imposible abandonarla.

Por otra parte, Devórame otra vez es también ciencia ficción hard (pienso en Stanislaw Lem, Arthur C. Clarke y, a ratos, Isaac Asimov), ya que la imaginación de su autor nos sumerge en un universo paralelo haciendo hincapié en las descripciones de ciencia avanzada y en la credibilidad de los detalles científicos, además de contar los hechos ordenadamente; un universo de micromundos (pienso ahora en Voltaire y su Micromegas) con sus posibles e imposibles vidas a las que otorga características exactamente humanas, algo que le acerca más a la fábula, así los divertidos diálogos, algo sainetescos en sus expresiones; los comportamientos de la ameba y el paramecio, que podría tener cualquier personaje de una sátira; o los ambientes cual el estanque, el laboratorio y el estercolero, fácilmente identificables.

Devórame otra vez concluye con una Nota Final que explíca que lo que hemos visto lo podemos volver a ver pero en imágenes, e incluso nos da la clave para buscarlo en Internet mientras repite de forma burlona la cita de Valera con la que se abría: “La novela es imitación de la Naturaleza, pero importa saber que Naturaleza es todo lo que vemos y todo lo que soñamos; lo que sabemos y lo que imaginamos o creemos…”

Dice Cioranescu que las fábulas no son sino: “La expresión polémica de las desavenencias del autor con el mundo de los literatos contemporáneos”, es decir, el afán de desmarcarse de las corrientes imperantes, algo que Emilio Quintanilla consigue con esta distraída, bien escrita y deleitable nouvelle que puede leerse en poco más de una hora (son 113 páginas) y que tan gratificante resulta para ese lector que busca esparcimiento y diversión.

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Congreso

Publicado por Cobas en Mayo 28th 2008

Os anunciamos la próxima celebración del V Congreso de nuestra Asociación Aragonesa de Escritores, que tendrá lugar en ZARAGOZA, los días 20 (viernes), 21 (sábado) y 22 (domingo) de Junio.
Nuestra Asociación cumple cinco años y deseamos que sea un Congreso especial, para lo cual contamos con la colaboración de EXPO ZARAGOZA 2008, que nos cede sus instalaciones en el Pabellón Tribuna del Agua del recinto Expo, donde tendrán lugar los actos previstos.
Igualmente celebraremos un primer Encuentro con invitados de otras Asociaciones de escritores de España, que compartirán con nosotros sus experiencias asociativas.
En esta ocasión contaremos con la presencia de Antonio Gala como autor invitado, además de otras intervenciones muy interesantes.
En unos días os mostraremos el programa de actos.

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Presentación

Publicado por Cobas en Mayo 27th 2008

Mañana miércoles, a las 20 horas, en la Sala Cultural de Librería Central, sita en c/ Corona de Aragón nº 40 (entrada por Concepción Arenal, 29) de Zaragoza, tendrá lugar la presentación del libro Lo que el corazón me dijo, de Magdalena Lasala.
Además de la autora, estará presente la periodista Marian Rebolledo y el editor, Joaquín Casanova.
No os lo perdáis.

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Concurso de mini-relatos

Publicado por Cobas en Mayo 26th 2008

Queridos amigos, desde el pasado viernes tenéis la convocatoria del 2º concurso de mini-relatos colgado en su página, dentro de este blog.
Ojalá os parezca interesante y participéis muchos, igual que sucedió con la primera edición. Suerte a todos, y ya sabéis: cantadnos un cuento.

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Noticias

Publicado por Cobas en Mayo 23rd 2008

Os damos noticias frescas sobre uno de los escritores más “frescos” del barrio, Ricardo Vázquez Prada, y sus triunfos en Francia.
Acaba de volver de Nimes, donde un cuento suyo titulado “El tren de las figuras”, ha sido finalista, con futura publicación, en el Premio Hemingway 2008, que allí tiene mucha repercusión.
En la revista taurina francesa “El campo” del mes de abril ha publicado otro cuento, “La malchance Fosforito”,
Su novela en francés “La cuadrilla” sigue cosechando buenas críticas, la más reciente en un periódico que se distribuía en la feria taurina de Nimes, y tiene una amplia difusión en los ambientes taurinos franceses.
También otro cuento de Vázquez Prada,”Tabaco y oro”, ha sido accésit, con publicación, en el premio Félix Rodríguez de Santander.
Sigue en racha el bueno de Ricardo. Adelante, a cosechar más éxitos. Enhorabuena, ya pagarás una caña para celebrarlo.

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Poesía para perdidos

Publicado por Cobas en Mayo 22nd 2008

V SESIÓN “POESÍA PARA PERDIDOS”

Día 24 de mayo, a las 22,00 horas.
La Campana de los Perdidos (C/ Prudencio, 22)
Programa:

-Textos de Manuel M. Forega en las voces del autor y de Alfredo Saldaña, Mariano Castro, Mª José Sáenz, Ángel Gracia, Pilar Peris y Ricardo Díez.
-Intervalos musicales a cargo de los componentes de La Banda l ‘Ámbar Rafael Sanemeterio (voz) y David Guillén (teclados).
-Proyección final del vídeo Bombas fúnebres, con textos calumburescos, elípticos, palindrómicos zéugmicos, aliteráticos, perifrásticos… de Manuel M. Forega y montaje de Leónidas Martín Saura (el más entusiasta fan Forega).

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Poesía

Publicado por Cobas en Mayo 21st 2008

El viernes 23 de mayo tendrá lugar el último encuentro del ciclo “Este jueves poesía”. Será el viernes y a las 20 horas en la librería Antígona.
Estarán presentes Rafael Saravia, quien hablará de su nuevo libro, Desprovisto de esencias (Renacimiento, 2008) y Elvira Lozano, que contará nuevos proyectos y libros que se asoman.

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Presentación

Publicado por Cobas en Mayo 20th 2008

Hoy martes, a las 19 horas, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Paseo de Independencia, Zaragoza) se presenta el cuento de Pilar Hernandis, titulado Fabo, el duende del canal.
La presentación correrá a cargo de Carmen Bandrés, Fernando Gracia y Rafael Castillejo.

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“El hijo del sol”

Publicado por Cobas en Mayo 19th 2008

El hijo del sol

CARMEN BANDRÉS

Huerga y Fierro, Madrid, 2007

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Luis Bazán Aguerri

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Todo individuo abandona la colectividad siempre que se lanza al camino de un viaje iniciático en el que, como tal, nunca se sabe el lugar donde se ha de reposar y los alimentos que calmaran el hambre (tanto física como espiritual), qué gentes acompañarán placidamente los pasos, o quién intentará adornar el garlito para hacer caer en la celada ya dispuesta. Pero, si a emprender ese viaje empuja una meta concreta, el recorrido se convierte en romería o peregrinación (la primera para agradecer o rogar preces en un día de festejos y gracias; la segunda compuesta de etapas –alguna de ellas duras- que nos acercan al fin deseado de ver, tocar, rozar, abrazar a aquello, o a aquel, que se adora o idolatra).

En “El hijo del sol”, por lo anteriormente dicho, vamos de una colectividad violenta, convulsa y constreñida de una república bananera, a lo individual; al yo más íntimo del protagonista.

Es, en esta colectividad primera, donde Carmen Bandrés universaliza la crítica social con aciertos como “la patria de los pobres tiene la misma cara en todas partes”, “…jamás podré adular a quienes caminan marcando el paso sobre nuestras cabezas, hacen tambores con la piel del pueblo y…”, y se vuelca en hacer de sus páginas una reflexión constante sobre un mundo interior que, en sí mismo, transmite el acerbo tomista de los actos del hombre: “…los sueños cuando se cumplen o se desvanecen, dejan de alumbrar nuestra existencia.”, “quienes hemos nacido en lado feo del mundo, no tenemos derecho a poseer muchas aspiraciones.”.

Es, a partir de estas imploxiones del yo, cuando da comienzo la aventura de la autoformación, del aprendizaje, del estímulo constante en no abandonar el camino em-prendido; el viaje primero del hombre, la búsqueda inequívoca de lo que se considera el núcleo de la felicidad total y satisfacción plena que, entre otros muchos logros de la autora, brota de la lucha del inconformismo ante lo impuesto por la fuerza (o ante la fuerza de los que no entienden ni de razones, ni de razonamientos).

El paisaje influye en el pensamiento de los hombres, y en sus actos, y en su vi-sión de la vida y del mundo.

Esta realidad es algo que Carmen Bandrés nos muestra con gran claridad, dada la pluma ágil con que describe el trópico y el desierto, lo rural y lo urbano, la soledad voluntaria y la soledad impuesta. Bien podría decirse, después de esta aseveración, que hace suya la sentencia de “cada día su tribulación”, como dice el saber popular, y “cada página su secreto” (se podría añadir a la obra que estamos tratando); porque son secretos los pasos a seguir, se dosifican sus asomos; como se dosifica el esfuerzo físico en El sa-lar de Atacama para que la vida no extenúe, no maltrate más de lo que ya por sí misma hace, y dejemos que las relaciones humanas se bendigan por lo que de placenteras son para sus espíritus.

Amor, desamor. Otra vez el amor, quizá sólo sea ilusión, tal vez deseo, siempre desvelo y anhelo, que juega a entrelazarse en “El hijo del sol” con el yo y el tú, ambos, ninguno, sin ti, sin mí, sin ninguno. Es la fuerza de ese amor (a las personas, a las cosas, a la tierra, al recuerdo, incluso el amor a la duda y a la incertidumbre), lo que empuja, más que mueve, a los personajes.

¿Y la meta? ¿El final de este comienzo voluntario?

Forja pura y dura en la herrería del mundo: fuego, golpes y agua; y más fuego, y más golpes y más agua hasta templar el acero del ánimo del protagonista que, concluso ya el esfuerzo de lograr el yo profundo (muy bien amueblado por los consejos dados por unos y otros a lo largo de la novela), alcanza, roza y toca el Edén donde reposa “El hijo del sol” (Pablo Neruda); pero, ya horneado en el pensamiento racional, confirma que “la felicidad también existe lejos del paraíso”.

El ídolo, lo deseado, lo ensoñado y ya palpado, casi abrazado, es, en suma, lo imperfecto, el cúmulo de muchas dudas y, por qué no, lo vano por fútil.

El viaje ha terminado.

El tiempo ha servido para que la oruga se transforme en mariposa y el joven en hombre. Ha concluido la fermentación del vino. La masa se ha hecho pan. Ya tiene, ante él, el banquete de la vida.

Cabe destacar que, tanto la estructura como el desarrollo, están acordes en tiempo y espacio, generando, así, una novela cómoda de leer que a lo largo de sus páginas va resultando atrayente porque el interés crece con el transcurso de la lectura.

No les defraudará.

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