Asociación Aragonesa de Escritores

Decididamente a la difusión de la lectura y el libro.

Archivo para Enero, 2008

Manifiesto del escritor web

Publicado por Cobas en Enero 31st 2008

MANIFIESTO DEL ESCRITOR WEB   (manifiesto literario)

La vida pasa rápido y yo mañana podría estar muerto. No tengo tiempo para entrar en ese proceso “kafkiano” de buscar un editor para mi obra, más cuando casi todo lo que se publica es un tipo de literatura consumible, destinada a un lector poco exigente y alienado dentro de un sistema que sólo busca un beneficio económico. Está claro que a la industria editorial le dejó de interesar la buena literatura, en favor de un nuevo producto que bien podría semejarse, si se me permite la comparación, a una hamburguesa de McDonald´s. A eso lo quieren reducir todo: la “literatura chatarra” en pos del logro económico y a costa de un lector complaciente.

Y ya no son los contenidos sin fondo que tanto predominan, también es la forma que se ve asediada por un total desprecio, que se evidencia de manera ordinaria en todo el ámbito literario actual. Antes, por lo menos, se trataba de escribir con cierto estilo, por ejemplo, sin incurrir en reiteradas cacofonías, cuando ahora está de moda todo lo contrario, por ser tantos y tantos los autores que la practican sin ningún remordimiento, asimismo como los editores que la promueven. Ya nada importa, hay que vender de acuerdo a la gente que consume dichos sucedáneos, mientras que el arte de la literatura se degrada. Ahora los escritores cacofónicos, algunos de los cuales quieren hacer pasar como grandes maestros en su oficio, son los que abundan. Ya les digo: la vulgarización de la literatura, igual que “hamburguesas de McDonald´s”.

El insulto a la inteligencia, por tanto, ya es parte de las políticas editoriales, cuando la “literatura chatarra” se amontona en las mesas de novedades y en los expositores de las librerías, como un producto consumible o como una lata de Coca-Cola en un refrigerador, para servir a ese lector complaciente que se leerá cualquier novela con una bonita foto en la portada. Algo sencillo de leer y que no haga pensar mucho, que se pueda vender fácil y rápido, especial para los alienados, literatura que vuele a ras de suelo para las mentes convencionales.

A esta lamentable situación tenemos que aunar, dentro de las estrategias al uso, la farsa de los premios literarios convocados por las grandes editoriales que, así mismo, funcionan bajo la sinergia arriba mencionada y como parte de un mecanismo de promoción comercial, donde las obras ganadoras, la mayoría de las veces, surgen de una negociación anterior y bajo determinados intereses que son ajenos a la competencia en sí, y que hacen del concurso una mera fachada de cartón piedra, un subterfugio y una burla hacia los incrédulos participantes que se convierten, con ese acto, en una simple comparsa para el fraude.

Y el problema de fondo, a fin de cuentas, es que la literatura se está alejando del arte para acercarse cada vez más a un producto consumista, en una apreciación general hacia la baja que la desvirtúa y la despoja de sus valores históricos, para ser mostrada desde una nueva perspectiva que se transforma en ejemplo para las futuras generaciones. Cuando se habla de crisis en el sector editorial se hace desde la visión exclusiva de los beneficios, cuando la verdadera crisis está en la calidad de contenidos. Este ejemplo nos permite apreciar la verdadera dimensión del problema: la literatura está siendo abandonada por aquéllos que deberían ser sus valedores, con el fin único de obtener un buen resultado comercial y con la excusa de la propia subsistencia de la actividad editorial.

Por estas razones, y ante el desdén de una industria editorial que desprecia la literatura como arte, los narradores, que no practicamos las formas y contenidos de la banalidad, tenemos la obligación de buscar nuevos espacios para dar salida a nuestro trabajo. En este punto, y gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías, que convergen en una red donde fluye y se comparte de manera libre la información, es donde el escritor puede ir en busca de un nuevo tipo de lectores: los lectores del futuro. El Internet, entonces, se convierte en un salvavidas momentáneo para aquellos creadores que apostaron por el arte y la literatura, teniendo en cuenta, sin embargo, que son muy pocos los que asumen el riesgo de regalar su trabajo y de ser algo más que comentaristas ocurrentes, o dedicarse a la comicidad, lo que a la postre arroja una panorámica desalentadora en referencia a los contenidos y ahuyenta el interés de la crítica y la prensa escrita para tratar las obras literarias que se generan bajo tales circunstancias.

Como se ve, son algunos los riesgos y muchas las incertidumbres, pero cuando no hay otra salida, cuando no hay nada que perder, porque ya estaba de antemano todo perdido, no se puede dudar ni pensar en la derrota; entonces, el salto al vacío es inevitable, es una cuestión de honestidad, de creer en lo que haces y saber que no eres menos que nadie, porque, a fin de cuentas, eres un artista y eso es lo importante.

Yo, desde luego, prefiero regalar mi obra por Internet antes que ser derrotado por la ceguera y la ineptitud de unos cuantos, y aquí estoy, sentado frente a una Sony Vaio del 98, comprada de segunda mano, retando a todo el medio editorial (agentes literarios, editores y críticos), para que sepan que soy el escritor más underground del mundo por el simple valor de mis declaraciones, la determinación, y por el hecho de ser un artista que escribe desde la adversidad y que es consciente de que dar a la luz pública este manifiesto es el último acto romántico de la literatura, en espera de aquellos editores que apostaban por el arte.

Hoy el ejercicio literario es más libre que nunca, también su difusión, y el “escritor web”, que está impregnado de futuro, nace para cambiar un medio que por momentos necesita aires de renovación. Las editoriales ya dejaron de ser un filtro fiable respecto a la calidad de contenidos, y el libro impreso en papel se ve amenazado por las nuevas tecnologías digitales, de tal modo que los escritores, en un futuro cercano, no necesitarán de intermediarios para dar a conocer su trabajo, que se hará a través de Internet y a cambio de una donación económica, de parte de los lectores, y por algún sistema de comercio electrónico, tipo PayPal o similar.

Tú que escribes bien, deja de mirarte al ombligo; ¿crees que tienes un tesoro que nadie leerá?; son millones los lectores que te esperan; ahora puedes ser un pionero de la literatura digital, de escribir una página en la historia; ya el paso del tiempo juzgará a cada cual según la calidad de su trabajo; no tengas miedo de formar parte del futuro y, sobre todo, no dejes que nadie pisotee el sueño de tu vida.

Dentro de poco, les aseguro, grandes escritores surgirán por Internet.

Firmado: Pablo Paniagua, a 15 de diciembre del 2007 (publicado el 16 de enero del 2008).

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Presentación

Publicado por Cobas en Enero 30th 2008

El próximo jueves José Verón Gormaz presenta su nuevo libro de poemas, Epigramas incompletos.

Recordad, será el 31 de enero a las 19,30h., en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza, Pº Independencia.

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“Flappers y filósofos”

Publicado por Cobas en Enero 29th 2008

Flappers y filósofos. Francis Scott Fitzgerald

Julio Cristellys
La joven Eva, el viejo Adán

Siendo un joven de poco más de veinte años y por consejo de un amigo, leí “A este lado del paraíso”, la primera novela escrita por el norteamericano Francis Scott Fitzgerald, una narración de arrebatadora hermosura que me animó a comprar toda la obra de aquel interesante autor traducida, hasta ese momento, a nuestra lengua. Cierto es que, durante los ya lejanos años setenta del pasado siglo, no tuve ningún problema para encontrar gran parte de la creación de este brillante escritor perteneciente a esa “Generación Perdida” de autores norteamericanos, a quienes la socarronería de su compatriota, la también escritora Gertrud Stein, tuvo la ocurrencia de agruparlos literariamente bajo esa singular rúbrica. Así, acompañado por mi buen amigo, fui leyendo las novelas y los relatos de Francis Scott Fitzgerald, con excepción de un libro titulado “Flappers y filósofos” que, al parecer, ha aguardado hasta el pasado año 2007 para ser vertido al español. Lástima que mi camarada de lecturas falleciera trágica y misteriosamente antes de cumplir los treinta años, pues cuánto hubiera disfrutado con estos ocho relatos que, según me comentaba haciéndose eco de algunas doctas voces universitarias, eran las más ingeniosas creaciones de ese narrador amante del refinamiento social y de sus bellas mujeres, mas, para su desdicha, muy amigo del alcohol

Nuestro desconocimiento en aquellos años de la lengua inglesa, nos vetó la lectura de esos ocho cuentos reunidos bajo un título -“Flappers y filósofos”- que se nos antojaba evocador de una época–la de “los locos años veinte”-, cuyo esplendor y decadencia nos habían embrujado desde la adolescencia. Desparecido mi amigo y habiendo aprendido el suficiente inglés para aventurarme con el conocimiento de algunos clásicos anglosajones, leí “Flappers and philosophers”, un conjunto, como ya he dicho, de ocho relatos que, durante las pasadas navidades, he vuelto a paladear con la soberbia traducción de Teresa y Andrés Barba, debiéndose a este último el ilustrador prólogo de esta versión española publicada por la casa Velecio Editores.
“Flappers y filósofos” es el primer libro de relatos escrito por Francis Scott Fitzgerald, siendo los títulos de cada una de las historias allí contenidas los siguientes: “El pirata de la costa”, “El palacio de hielo”, “Cabeza y hombros”, “La fuente de cristal tallado”, “Bernice se corta el pelo”, “Bendición”, “Dalyrimple se equivoca” y “Los cuatro golpes”. Las seis primeras narraciones (“El pirata de la costa”, “El palacio de hielo”, “Cabeza y hombros”, “La fuente de cristal tallado”, “Bernice se corta el pelo” y “Bendición”) tienen un único protagonista: una muchachita, la “flapper”, mientras que los dos restantes (“Dalyrimple se equivoca” y “Los cuatro golpes”) cuentan las vicisitudes de un peculiar personaje masculino: el joven e inexperimentado “filósofo”.
Francis Scott Fitzgerald, católico, yanqui y, por añadidura, guapo, junto con su mujer, la seductora y desquiciada Zelda, fueron los atractivos héroes no sólo de esta colección de cuentos escrita en su juventud, sino de toda su obra posterior. Y si como juvenil ha sido calificada esta obra, puesto que fue redactada cuando nuestro escritor tenía veintidós años, no por ello carece de la madurez estilística y agudeza psicológica de sus geniales novelas y libros de cuentos.
No sería justo si me ciñera a la afirmación de que las criaturas, ya masculinas, ya femeninas, de estas narraciones son el germen de los inolvidables Gastby, Basil y Josephine de sus posteriores obras porque las casi adolescentes “flappers” de este volumen vendrán a nuestro encuentro cuando, jóvenes pero adultas, se hayan transformado en las heroínas de las novelas “Suave es la noche” y “Hermosos y malditos”. Otro tanto cabe decir de los casi imberbes “filósofos”, a quienes, bien sin un céntimo, bien como opulentos hombres de negocios, brotarán en las páginas de “A este lado del paraíso”, “El gran Gastby” o de la postrera e inconclusa “El último magnate”.
Si la “flapper” es la informal muchacha, siempre obsesionada por su apariencia y su comportamiento de “chica moderna”, de continuo luciendo un cabello tan corto como sus vestidos, el “filósofo” es un agraciado y pardillo mozo estudioso de las formas y de los modos vitales, una asignatura no impartida en las aulas de las prestigiosas universidades de Yale, Princeton o Harvard.
Como se dice en el prólogo a la obra ahora comentada, la “flapper” es la joven que desordenadamente se mueve, ello en una clara alusión a los frenéticos ritmos de la década de “los felices años veinte”, especialmente el charlestón, chicas, en una palabra, de costumbres algo ligeras y obsesionadas por pescar un buen partido después de haber estrujado los placeres de la vida con la inconsciente saña propia y exclusiva de sus pocos años, antes de franquear la leve frontera de la edad adulta.
El narrador nos desvela su fascinación por esta nueva Eva, su enamoramiento por estos guayabos que, bonitas, despreocupadas y casquivanas, se dejan besar impunemente por chicos apuestos y deportistas, sin poner nada, absolutamente nada, en el beso, tal vez una pizca de pecaminosa aventura, jamás un pedacito de amor. Muy bien entiende y justifica Scott Fitzgerald la alocada insensatez de unas chicas que, liberadas del corsé y de las horquillas usados por sus madres, huyen de la estricta custodia de su tutor capitaneando una embarcación a la deriva (“El pirata de la costa”), se rebelan contra el rutinario y doméstico bienestar de una población sureña (“El palacio de hielo”) o desafían a una pandilla de crueles adolescentes con el sacrificio del corte de su hermosa melena (“Bernice se corta el pelo”) Tampoco faltarán mujeres a quienes su ansia de aventura les sorprenderá con la revelación de los caprichos del destino (“Cabeza y hombros”) o a las que la implacable secuela de un tropezón sufrido en sus años de recién casadas las perseguirá de por vida encarnada en un sencillo ornamento hogareño (“La fuente de cristal tallado”)
El libro “Flappers y filósofos” fue dedicado a Zelda, la esposa del autor, una cautivadora damita cuyo infortunio es el único asunto de la novela “Alabama song” del francés Gilles Leroy, galardonada en el pasado año 2007 con el premio Goncourt, una obra que, por su gran calidad literaria, espero que pronto sea traducida a nuestro idioma. Fue Zelda una auténtica “flapper”: guapa y frívola, también dotada de un inquieto espíritu al que se debe la creación de estimables obras literarias, pero aquejada de una dolencia psíquica, causa de su triste éxodo por diferentes clínicas mentales. Las diversas facetas temperamentales de Zelda se apoderan de cada una de las “flappers” protagonistas de estos relatos, así como de las criaturas femeninas que, posteriormente y ya adultas, nos toparemos en otras obras de Scott Fitzgerald, muy particularmente la desvalida aunque aniquiladora Nicole de “Suave es la noche”.
Los soñadores y, a veces, pedantes “filósofos” del apodado “novelista de la era del jazz” son ingenuos muchachos cegados por el brillo de aquel efímero tiempo de vanguardias y prosperidad, a quienes ni una flamante titulación en la universidad de Yale, ni su vitoreado regreso de la Gran Guerra, les confiere el ansiado premio del “sueño americano”; será por ello que, aunque pipiolos, muy pronto envejecen, sea convulsionando en una noche la cristiana doctrina del Bien y el Mal (“Dalyrimple se equivoca”), sea forjando su genio mientras estoicamente soportan la flagelación de sus carnes con el látigo de unas elementales evidencias(“Los cuatro golpes”); y, aunque incluido dentro de los relatos dedicados a las “flappers”, el cuento “Bendición”, nos brinda la meditación de un especial “filósofo”: un novicio jesuita que, tras una prolongada separación, recibe la visita de su hermana, tal vez una de las historias más logradas por el contraste entre el vértigo de una nueva sociedad – la de la “flapper”- y la inmanencia de una doctrina –la del “filósofo”- que la no tan inocente Lois creía arrinconada por su reputación de anticuada.
Y si Zelda ha sido inmortalizada en las “flappers”, Francis Scott Fitzgerald no tuvo empacho en ser el desorientado “filósofo” que, sin dinero, sin posición e incapaz de conquistar el amor de una linda muñeca de falda corta y peinado “garçon”, gritó al cielo como Amory Blaine, el protagonista de “A este lado del paraíso”: “Me conozco a mí mismo, pero eso es todo.”
Quizás si mi amigo, antes de morir, hubiera leído “Flappers y filósofos”, habría clamado con todas su fuerzas esa descorazonadora plegaria.

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Asociarse a CEDRO

Publicado por Cobas en Enero 28th 2008

A los miembros de la AAE, para vuestra información, os hacemos llegar esta comunicación del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO)

Como sabéis, en los últimos meses la compensación para autores y editores por la copia privada de sus obras está en entredicho. Tanto es así que se ha llegado a presentar una iniciativa en el Senado para proponer su desaparición durante el año 2008, aunque finalmente no fue aprobada en el Congreso.

En CEDRO consideramos que es imprescindible que los autores y sus editores se manifiesten públicamente e informen de su derecho a recibir una compensación adecuada por el uso de sus obras, instando a que se deje de cuestionar reiteradamente el sistema de derechos de autor.

De la compensación por copia privada dependen más del 90 % de las cantidades que nuestra Entidad distribuye cada año en los repartos individuales a los titulares de derechos, así como las actividades de promoción del libro y las ayudas y prestaciones a los autores para gastos sanitarios no cubiertos por la seguridad social, como gafas o tratamientos dentales, que lleva a cabo CEDRO y que redundan en beneficio de todo el sector del libro

Por este motivo, animamos a que, en la medida de sus posibilidades, expreséis vuestra opinión en aquellos medios de comunicación en los que colaboréis (blogs, revistas, periódicos, radios, televisiones, etc.) para así lograr transmitir la importancia de que se reconozca y remunere justamente el trabajo de autores y editores en nuestro país.

Se adjunta un documento en el que encontraréis respuestas a muchos de los argumentos que se están utilizando en contra de esta compensación.
Además, se facilitan los enlaces a algunos artículos en los que distintos escritores muestran su posición favorable a este sistema.

- Vicente Molina Foix: El canon cerrado y sus enemigos (El País, 8 de enero del 2008) /20080108elpepiopi_4/Tes>

- Javier Marías: Tiempos saqueadores (El País Semanal, 6 de enero del
2008)
/20080106elpepspor_11/Tes/>

- Ángela Vallvey: Y un rábano (La Razón, 23 de diciembre del 2007) (este contenido solo es accesible para los suscriptores de La Razón.
)

- Vicente Molina Foix: Manteca y canon (El País, 21 de diciembre del
2007)
21elpmad_7/Tes>

- Arcadi Espada: Canon (El Mundo, 21 de marzo del 2007)

Desde la AAE os recordamos que es de gran interés para el autor asociarse a CEDRO para poderse beneficiar de sus ventajas, y que ello no requiere pago ni cuota ni gasto alguno.
Sólo tenéis que enviar un email al Departamento de Socios- Información
general.: 91 702 19 39
socios@cedro.org

Debéis indicar vuestros datos personales y aportar una bibliografía con títulos y datos de edición.  Además os recomendamos que indiquéis que sois miembros de la Asociación Aragonesa de Escritores.

Saludos, AAE

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“Carta de Tesa”

Publicado por Cobas en Enero 25th 2008

José Jiménez Lozano, Carta de Tesa, Barcelona,
Seix Barral, Biblioteca Breve, 2004.

María Pilar Martínez Barca

Carta de Tesa

La buena educación

“Todo el mundo parece que quiere un mundo nuevo, o por lo menos desfigurar y borrar todo rastro del antiguo, el de los padres. […] Así que por todas partes ya  cortan árboles y arbustos, pintarrajean los pórticos de las iglesias, ahorcan perros, apalean mendigos, echan basuras sobre las tumbas…”. Leía no hace mucho una novela de esas que no suelen convertirse en best sellers, pese a retratar como muy pocas diversas realidades de última generación.
La joven profesora que es víctima de abusos, una vieja familia que va desmoronándose más allá de la muerte de los padres, una ONG de médicos que acaba masacrada por la guerrilla autóctona, drogas, ocultaciones, profanación de nichos… me parecieron buenos ingredientes, sin desvelar el código, para un éxito seguro. “…Y repetir luego la lección en su instituto a jovencitos y jovencitas bien criaditos ya, pero que no admitían ni podían con más, o no querían; y la ley los amparaba en su desgana”.
Mobbing escolar, un 30% de estudiantes que abandonan las aulas, mensajes en You Tube de endiosados ateos, darwin existencialistas humano esquizofrénicos. ¿No supera la vida a la ficción? Los árboles de los patios de recreo de Adelina Jiménez, la primera maestra gitana, no serían tan de papel marché. “Y ahora los chicos absorben el cornezuelo como siempre se absorbe la vida a esa edad”.
Sólo un pequeño susto. Se trataba de coger a la profe por sorpresa y llevarla a lo oscuro y levantarle la falda. Nada más. Pero a alguien se le fue de la mano la piedra… “Tenían todo, les dimos todo, y hemos vivido para ellos; pero no tenían alegría, no la tenían”. Su hermana abortaría y el muchacho, que no quería hacerlo, se debía a su grupo –al menos salvaguardar las apariencias-. Dos pastillas y un poquito de alcohol se lo harían más fácil.
Los patricios romanos, las primeras señales, las tribus y sus élites y sus formas de violencia moralmente aceptadas. “…Y por eso creíamos que el mundo seguía siendo nuestro mundo, pero ya era el mundo de los bárbaros, donde no hay ironías ni sonrisas”. Carta de Tesa, de José Jiménez Lozano, nuestro gran ignorado Premio Cervantes 2002. Un bellísimo espejo.

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Presentación

Publicado por Cobas en Enero 24th 2008

Hoy jueves día 24, a las 19,30 horas, se presenta en la FNAC de Zaragoza, c/ Coso 25-27, el último poemario firmado por Ángel Sobreviela. Se titula Epístola desde Cimeria, nos lo presentará Miguel Ángel Longás y a continuación el autor firmará ejemplares de su obra.
Estaría fenómeno que pudiérais acudir.

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“El último verano de Mrs. Brown”

Publicado por Cobas en Enero 23rd 2008

El último verano de Mrs. Brown. Doris Lessing

Julio Cristellys
Éxodo y sueños

Al comenzar la redacción de estas líneas, he de confesar que la concesión del Premio Nobel de Literatura a la escritora Doris Lessing ha sido un acicate para la relectura de algunas de las obras de esta veterana autora británica.
Tras haber leído, durante mis vacaciones estivales, la última novela brotada de la pluma de tan singular y prolífica dama de las letras –“The Cleft”- y puesto que esta reciente creación, ahora traducida a nuestra lengua (“La grieta”), ya empieza a ser objeto de muy eruditos comentarios, he preferido escoger la primera obra que, hace más de treinta años, me descubrió la existencia, en la otra orilla del Canal de la Mancha, de una novelista, cuya creación literaria era mucho más que la composición de una elegante y pulcra ficción. Fue esa obra “El último verano de Mrs. Brown”, publicada en nuestro país en el año 1.974 por la casa Seix Barral, pocos meses después de que su original, en lengua inglesa y con el título “The summer before the dark”, hubiera salido de las prensas de la editorial británica.
Siempre me ha sorprendido la licencia del traductor de esta novela, quien, vertiéndola a nuestra lengua, ha sorteado la dificultad del casi intraducible título original (“The summer before the dark”) por el más franco y explícito de “El último verano de Mrs. Brown”. No censuro esta decisión, pues, insisto, la frase “The summer before the dark” resulta muy peliaguda de transcribir con vocablos españoles, dando como resultado la pedestre traslación de “El verano antes de lo oscuro”; por tanto, considero muy atinada la opción elegida por el traductor, ya que, al término de la lectura de esta narración, tenemos la certeza de que las venideras estaciones estivales de Kate Brown serán muy diferentes tras las vivencias soportadas durante el tiempo descrito en la novela. Ahora bien, el metafórico titulo original (“The summer before the dark”) que, tal como he dicho, se reproduciría literalmente en español como “El verano antes de lo oscuro”, me parece un eficaz utensilio para la exposición de la que, en mi opinión, es el alma de esta espléndida novela.
En el momento de su publicación –el año 1.974-, “El último verano de Mrs. Brown” fue reputada, y con razón, como un alegato feminista, y pienso que, en la actualidad, ocurriendo que Doris Lessing, ha sido muy conocida por su defensa de los derechos de las mujeres, esta casi vieja novela corre el riesgo de ser confinada al estante de las eternamente justas proclamas en pro de antiguas y nunca cumplidas reivindicaciones.
Por ello, y si nos limitamos al aspecto estrictamente feminista del trabajo literario, éste puede resultar algo caduco, ya que la historia de Kate Brown, mujer de cuarenta y tantos años, esposa de un neurólogo y madre de cuatros hijos ya adultos, que, enfrentada a la soledad de un verano, resuelve afirmar su identidad frente a su entrañable familia, cuánto contiene de lo ya dicho y repetido hasta la saciedad con mayor o peor fortuna. Ahora bien, “El último verano de Mrs. Brown” ha sido y continúa siendo una soberbia cavilación en torno al pánico sufrido por quien, con independencia de ser hombre o mujer, se asoma a la profunda sima del despeñadero de sus más arraigadas y queridas emociones.
Doris Lessing ha armado una fábula, en la que los lances y los avatares de Kate Brown durante su solitario verano, son el germen de la meditación comprimida en la metáfora del inquietante título original inglés: “The summer before the dark” (“El verano antes de lo oscuro”), puesto que la autora nos transmite el sentimiento de cómo el esclarecimiento y el conocimiento de nuestros más recónditos y lícitos sentimientos nos enfrentan a la incógnita de un tiempo venidero que, no siempre, se nos muestra con las más halagüeñas perspectivas; de ahí ese “oscuro” recogido en el original titulo inglés de esta novela.
La escritora concibe el verano, cálido y luminoso, como la alegoría de una mortificante revelación –la percepción de un “yo” adormilado en el inconsciente de Kate Brown-, al tiempo que “lo oscuro”, “la negritud” son las imágenes de que sirve nuestra novelista para conformar la desazón de quien, turbado por tal hallazgo, camina hacia la incertidumbre del encuentro con nuevas y azarosas sensaciones, no siempre convencionales, quizás no muy placenteras, tal vez arriesgadas y destructivas.
El verano al que se enfrenta Mrs. Brown ha sido estructurado en cuatro capítulos: “El hogar”, “Global Food”, “Las vacaciones” y “El hotel”, mientras que la última parte de la novela titulada “El piso de Maureen” coincide con los últimos días de ese peculiar estío vivido por Kate y con el preludio de un lluvioso e incierto otoño al que ha de carearse el nuevo temple de la protagonista.
No obstante y aunque Doris Lessing invoca la luz y el calor estivales como una parábola del peregrinaje del alma de la heroína, no es menos cierto que la estación veraniega ha sido fraccionada en los cuatro capítulos antes citados, correspondiendo, paradójicamente, cada uno de ellos, en mi opinión, a las diferentes fases de la luna, un oportuno tropo para avanzar en la exploración de las sucesivas odiseas mentales de la heroína en su éxodo rumbo al temido aunque sosegado amanecer de su transformada conciencia, un fin correlativo a la enigmática oscuridad del futuro tras la revelación descrita en “El piso de Maureen”, el último episodio de la obra.
Así, el capítulo denominado “El hogar” se incardina en la fase de la luna nueva, un momento durante el que Kate Brown afronta, animada por Michael, su marido, a punto de iniciar un viaje de trabajo a Estados Unidos, la soledad del estío y la experiencia de un trabajo como traductora simultánea en la institución “Global Food”, un verano que, en palabras de la agorera autora, en ese instante escondida merced a la invisibilidad del astro nocturno, “pronto iba a resultar una de aquellas épocas más reducidas, tensas y concentradas.”, un vaticinio ajeno al bienestar de la madre de esa ejemplar y acomodada familia que habita una coqueta casa con jardín en un pudiente suburbio de Londres, pero que, cada noche, se siente acosada por una fastidiosa pesadilla: durante un incipiente y nunca completo amanecer ha de soportar el fardo de una herida foca, agonizante, un desvalido animal al que ha de salvar la vida llevándolo en sus brazos hacia un lejano océano que jamás aparece ante sus ojos.
Será la gestante luz del cuarto creciente –“Global Food”- la que alertará a Kate de sus excelentes y, hasta entonces, ignoradas dotes como intérprete simultánea y organizadora de congresos, un buen hacer profesional que ella imagina como una mera prolongación del escrupuloso cumplimiento de sus deberes domésticos, aunque, cuando el reflejo de un escaparate le devuelva la estampa de una hermosa dama, una femenina vanidad se ha clavado en el hogareño espíritu del ama de casa que, inmediatamente, renueva su guardarropa.
Kate, bella y rica –ha sido mucho el dinero ganado con su trabajo-, vive una desafortunada y extraña aventura amorosa con Jeffrey, un americano mucho más joven que la atractiva dama inglesa, un período durante el que añorará las delicias de su vida conyugal mientras viaja con su amante por las costas andaluza y alicantina para acabar recluida la pareja, él muy enfermo, en un pueblo del interior levantino. Es el tiempo de “Las vacaciones”, del plenilunio, cuyo blanco fulgor alumbrará el aburrimiento y las reflexiones de Kate sentada en el balcón de un modesto hotel, así como su liza contra la morriña de su confortable casa de Londres y la nostalgia de sus  cotidianos goces como esposa y madre de una tranquila y acomodada familia, cuyos miembros, cada uno por diferentes razones, se han desperdigado por diferentes rincones del mundo, en tanto que la heroína, a solas con su mal sueño, siempre en compañía de su foca, aún no ha logrado alcanzar la orilla del mar. Es más, en uno de sus delirios de cada noche, habrá de rehuir a un atractivo joven, tan imperiosa es su faena de cuidar y de mimar a la foca. Y será esta urgencia la que aguijoneará la huída de Kate de España, contagiada de la misma enfermedad padecida por su joven y torpe amante (“…hacía el amor como un chaval de diez años al que su pandilla ha desafiado a subirse a lo alto de una tapia…”), hacia su seguro y abrigado Londres, una ciudad invadida de turistas y en la que su cobijo será un caro hotel de Bloomsbury, donde, durante tres semanas y cuidada sucesivamente por tres jóvenes mujeres, superará esa enigmática enfermedad coincidente con el mortecino brillo de la fase lunar del cuarto menguante (“El hotel”), un período de decadencia y envejecimiento de la espléndida dama que, en los anteriores ciclos del planeta de la oscuridad, había cautivado a delegados y funcionarios extranjeros, mientras que, ahora, llama la atención por su estrafalaria pinta de mujer desequilibrada que, contra su voluntad y durante una representación teatral, da la réplica a los actores, tan absurda se le antoja la pugna de sentimientos fingida sobre las tablas, siendo que unos meses antes la sentía como una experiencia muy cercana a su sensibilidad.
Kate, debilitada y acosada por la alucinación de la foca, se aloja en una habitación de estudiantes, un dormitorio instalado en un semisótano, donde vive Maureen, una buena y desorientada muchacha que bien podría ser su hija y con quien, comportándose como una auténtica madre, la protagonista se encamina hacia el definitivo amanecer de sus sueños (“El piso de Maureen”), un encarnado sol alzándose sobre un mar donde abandona a la foca que ha sido su compañera de destierro durante ese insólito verano que le ha dejado una chocante cicatriz: una franja de canas en medio de su rojizo cabello y que, por decisión propia, nunca esconderá con el milagroso filtro de un tinte, pues es el momento de aceptar el arribo de la ya no tan lejana vejez y, para afrontarla, nuestra mujer “se dirigió a la parada del autobús que la llevaría a casa.”

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Opinión

Publicado por Cobas en Enero 22nd 2008

Empezamos hoy una nueva Sección que hemos denominado “Opinión“. En ella podréis ofrecer precisamente vuestra opinión sobre cualquier tema de actualidad. En nuestro inicio Manuel Martínez Forega nos brinda su parecer sobre el canon digital, tema espinoso y candente. Esperamos que os guste esta iniciativa y participéis en ella.

Canon sí, pero corrijamos algunos conceptos: Copyright y Copyleft.
M. MARTÍNEZ FOREGA

¿Canon? Sí, aunque a regañadientes. Si soy partidario del canon es por la misma razón por la que acepto a regañadientes la larguísima, la interminable nómina de cargos que ocupan los representantes políticos en el Congreso, Senado, Parlamentos Autonómicos y europeos, Diputaciones Provinciales y Forales, Ayuntamientos, Comarcas, Delegaciones y Subdelegaciones y demás indefinidas e indefinibles representaciones (que uno no sabe, en realidad, dónde ni cuándo acaban), con la desventaja de saber que ese dinero que les pago por hacer tantas veces —y decir siempre— auténticas barbaridades se destina a compensar el desempeño de políticas que no sólo no comparto, sino que, incluso, agreden mis intereses. Es decir, que también debo aceptar mi cuota de financiación a las actividades de mis enemigos. Y no sólo eso, sino que éstos (y quienes lo son menos) cobran por partida doble: una por el desempeño nominal de su cargo y, otra, la financiación en abstracto por el número de sufragios obtenidos que recibe la organización política a la que representa. Este canon doble lo pagamos todos con la misma naturalidad que vemos llover, y yo, abstencionista confeso, estoy —aunque de nada me sirve— en contra de, cuando menos (de mi no-voto no se llevan ni un céntimo), aquel pago nominal, al que debería oponer el mismo reparo que argumentan quienes dicen que el canon debería suprimirse porque grava indiscriminadamente a quien copia y a quien no copia. Pues bien, los abstencionistas decimos que se supriman los salarios de los diputados, senadores y alcaldes porque se les paga, también indiscriminadamente, con los impuestos de los que votan y de los que no votan; y que se suprima también la financiación a los sindicatos porque grava indiscriminadamente a los afiliados y a los no afiliados; y que no se construyan carreteras porque gravan indiscriminadamente a quienes tienen coche y a quienes no lo tienen; y que no se construyan AVEs porque gravan, indiscriminadamente, a quienes van en tren y a quienes viajan en avión; y que se suprima la ley de dependencia, porque ni tiene altzheimer mi padre ni obesidad mórbida mi tía…  De todo este maremágnum, me quedaría con el canon de Pachelbel si la cosa no estuviera asociada a intereses más elevados que los que reclama el malestar de los ciudadanos. El verdadero interés de que esta polémica siga adelante es el que defiende la industria tecnológica, que ve en el canon un obstáculo a la venta de sus productos, como si sus beneficios no fueran ya bastantes. Y otro factor no menos importante es la mala educación de la mayoría de la sociedad española, que todavía responde instintivamente contra la compensación económica de los derechos de los creadores y no lo hace contra los altísimos ingresos que percibe un futbolista por sus derechos de imagen. Naturalmente ven más partidos de fútbol que cine, teatro u obras de arte y muchos más que libros leen, por eso discrepan de unos derechos y alimentan otros, por eso asumen los incrementos en el precio (I.V.A. incluido) de sus abonos y entradas. Ya sé que ello responde a una impregnación mediática y su consecuente colonización de las conciencias, y que esos derechos de imagen los gestiona el club que los ficha; ¿pero no es ello también reflejo de una mala educación, cargada de hipocresía en este caso?
La mentalidad de los españoles aún debe madurar mucho, muchísimo, para llegar a la altura de la mostrada por nuestros vecinos. ¿Se imaginan que en un Feria del Libro en España se cobrara entrada por visitarla? Así se hace con naturalidad en Francia, por citar sólo un ejemplo. No, el español de hoy pagará su entrada para ver diez coches deportivos en una feria monográfica sobre vehículos de competición, pero pondrá el grito en el cielo y añadirá un ¡que les den por el…! si, aun a duras penas, su curiosidad le ha empujado a una feria libresca arrastrado por un diletante lector.
Otra cosa es sancionar como infalible y único el mecanismo del copyright defendido por las entidades gestoras de derechos de autor, y otra cosa es establecer esos abismos diferenciales de jerarquías entre las diversas disciplinas que generan esos derechos, y otra cosa es que la Administración se vuelque en las subvenciones al cine y a la ópera y no lo haga con, por ejemplo, la poesía y los títeres. Si se subvenciona la cultura (lastre que pagaremos muy caro a largo plazo), ha de subvencionarse toda, o, si no, comencemos a debatir si el cine y la ópera son cultura y la poesía y los títeres no.
Es más que posible conciliar la defensa de los derechos de autor con otras estrategias destinadas a los mismos fines y que no colisionan con el prejuicio del consumidor. Las licencias copyleft, por ejemplo, facilitan el reconocimiento del autor al propiciar una mayor distribución de sus obras sin que ello signifique ningún deterioro de sus derechos autorales. Una licencia copyleft sólo afectaría negativamente al cobro de algunos (no todos) derechos patrimoniales. Pero no debería perjudicar el trabajo contractual con editores, productoras audiovisuales o galerías de arte, con excepción de ciertas contradicciones que se están dando en producciones con soportes fácilmente reproducibles, como, por ejemplo las obras fotográficas,  videográficas, etc., que se distribuyen en series limitadas para activar artificialmente su valor áurico como obras escasas y, lógicamente, multiplicar su valor económico. En este aspecto, el copyleft produciría un efecto corrector, trasladando el problema de la financiación hacia la producción y no tanto —como se hace actualmente— hacia la distribución de trabajos ya realizados que, en numerosas ocasiones y, paradójicamente, se hace con el apoyo de fondos públicos. Por lo tanto, el copyleft puede potenciar los canales tradicionales de remuneración de los artistas y activar otros nuevos armonizables, sobre todo, con las herramientas digitales de las que hoy disponemos. Por otra parte, a la remuneración obtenida mediante autofinanciación y subvenciones, becas o mecenazgos es evidente que la licencia copyleft no le afecta en absoluto, al igual que ocurre con el copyright. Una difusión del trabajo, de manera libre, sin restricciones a la copia y la circulación, para uso comercial o no, es el mejor medio para promocionarse y darse a conocer y, en consecuencia, para recibir encargos, invitaciones a conferencias, cursos, propiciar contratos, etc. Por último, pensar que es factible vivir del trabajo mediante la redacción contractual con los distintos promotores comerciales y los derechos de remuneración (situación que alcanza sólo a unos pocos), resulta una pretensión potenciada por algunos sectores de la cultura y entidades de gestión que difícilmente se verá realizada.
Ello no obsta para que, hoy todavía, se siga declarando desde ciertas posiciones que el copyleft es sinónimo de abolición de los derechos de autor e incluso de la misma noción de autoría. Se trata de afirmaciones que no se sostienen, realizadas desde el desconocimiento o la intoxicación deliberada. Copyleft defiende un modelo en el que el autor debe vivir de su trabajo, pero es indiscutible que ese trabajo ha evolucionado, ha cambiado, y no pude continuar adherido a anacrónicas iconografías. Soslayar la existencia de ese cambio es cerrar los ojos a la evidencia y dilatar lo inevitable mientras se continúa insistiendo en mantener el diseño de un mercado que a duras penas sobrevive dependiente casi en exclusiva de la financiación pública de, como he dicho, no todas las disciplinas.

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Presentación

Publicado por Cobas en Enero 21st 2008

Os anunciamos una presentación:

JOSÉ LUIS GALAR presenta su nueva novela, La frontera dormida, el próximo miércoles 23 de enero a las 19′30 horas, en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza, Pº Independencia.

No faltéis.

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“Garné de Beruela”

Publicado por Cobas en Enero 18th 2008

Garné de Beruela y el príncipe Mabec. Mª Pilar Callizo.
Ilustraciones de Serafina Balasch.
Edita D.O. Campo de Borja. Zaragoza. 2007. 43 p.

Alfonso Marco

La vida de Garné y sus amigos va unida a la historia del monasterio de Veruela. Garné es una uva tinta de la variedad Garnacha que es testigo de la creación del monasterio de Veruela por los monjes cistercienses y de su desarrollo a través de 700 años, hasta la situación actual con la creación de la D O del Campo de Borja. Con la ayuda de Azucena, su amiga la raposa, descubre la bondad de estos monjes y sus esfuerzos por mejorar la vida de todo el señorío de Veruela. También conocemos la historia de amor con el príncipe Mabec (uva Macabeo) con quien reina sobre el Reino de la Viñas.
A lo largo del libro la autora nos muestra su conocimiento sobre el cultivo de las viñas y sus cuidados, así como una detallada crónica de la historia de Veruela, desde los romanos hasta la actualidad.
En resumen, una original visión sobre el mundo de la viticultura y de “un lugar mágico llamado Veruela”

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